viernes, agosto 26, 2016

1. LA IRA----LO INNEGABLE (MI INICIO).


Pasó el fin de año de 1994 junto con mi cumpleaños número 30, es ya 7 de enero y decido salir por la noche a tomar unas copas con Juan Pablo y Julieta, mis dos compañeros de psicología con quienes he trabajado en diversos proyectos, y a quienes he apreciado profundamente a lo largo de la carrera.

Coyoacán es un gran lugar para tomar cerveza en medio de grandes tumultos, pero lo que a Julieta le gusta más, es contemplar la catedral ya que el tumulto se ha difuminado casi por completo.

Nos sentamos los tres en una de las bancas cercanas al viejo edificio, y sigue la conversación que Juan Pablo inició hacía casi dos horas durante las chelas.
Justo el 31 de diciembre le robaron su coche dos sujetos en el semáforo que cruza Copilco e Insurgentes.

J.P.- “Me paralicé, estaba totalmente sobrio porque tuve que regresar al asilo a mi abuelo, después de dejar a mis tías. Eran las 3 AM, y ya en dirección a mi casa, me detengo un par de segundos en el cruce, pensando que no fuera a salir algún imbécil a mil por hora sobre Insurgentes. En esa fracción de un momento, un auto sale de no sé dónde y me bloquea el paso, al siguiente momento veo al copiloto apuntándome con su arma ya cerca de mi ventana. Patea la puerta y me grita que me baje de inmediato.”

“Como les digo, ¡me paralicé! Y aunque me lo repitió, no me podía mover. El tipo se encabronó y rompió el vidrio de un golpe con su pistola, abrió la puerta, me jaló de la chamarra y en el suelo me pateó fuerte en el estómago. Antes de escuchar el arrancón de ambos coches, lo alcancé a escuchar bien claro “¡Tienes suerte pendejo!”

Julieta toma del brazo a Juan Pablo, y le expresa su enorme alivio porque al final está bien; le dice que el auto es fácil de reponer, pero que en realidad sí corrió con suerte, que lo único importante es que está vivo ahí con nosotros.

La mirada de Juan Pablo se pierde nuevamente entre la punta de la catedral y el cielo negro, entonces se suelta a llorar y nos dice. “Es que no les quería contar, pero la noche no acabó ahí.”

Julieta y yo nos miramos de inmediato con esa chispa en los ojos, que resume ambas existencias en un sólo miedo. Esa sensación de que habías pasado ya la parte más difícil, que lo único necesario era reparar el daño hasta allí concebido, pero que de golpe te das cuenta de que no sabes aún nada, que la parte más dura continúa en la penumbra.

Juan Pablo continúa hablando entre sollozos pero convencido de que es el momento correcto para sacarlo todo. Se toma la cabeza y el pecho repetidamente mientras habla, voltea a la catedral como buscando ayuda del monumento ancestral que nos contempla majestuoso. Al parecer la ciudad llega a una extraña calma, la gente desapareció y la plaza es totalmente nuestra; los tres estamos en silencio ya por varios minutos sentados en la misma banca como aturdidos por la realidad, de repente me viene un sentimiento asfixiante e incontrolable, me duele la espalda y siento vértigo al levantarme de súbito y mirar a mis amigos allí sentados. Aprieto los puños y nada puede salir de mi boca, lo intento de nuevo queriendo decir lo que sea pero de nuevo la nada sale de mis labios.

Acostado en mi cama después de llevar a mis amigos a sus casas respectivas, el silencio sigue apoderado de mi ser. Nada pudimos decir en el camino más que un simple ¨buenas noches... hasta pronto¨

Noche histórica que siempre recuerdo como fundadora de quien soy ahora, de en quién me convertí... Sólo dormité por ratos regresando a una vigilia entre cortada que repetía imágenes y palabras aleatorias sobre el techo de mi cuarto. Julieta me gritaba desde una ventana que regresara por favor, Juan Pablo yacía en un piso obscuro sin poder moverse y medio alumbrado por tenues faroles de una calle.

Una patrulla vieja con la sirena encendida alumbra esa misma calle, no distingo nada más allá de las luces giratorias del coche que emite sonidos cortados por su radio.

¨Comandante.. General.... Mendoza"

Son las 4 AM y me levanto compulsivamente a hacer ejercicio. Sé su nombre, me revienta el cerebro, me duele el pecho, el ejercicio me cura, me alimenta y no voy a parar. 

Ahora sé qué hacer.
Autor: Android101